lunes, 16 de febrero de 2009

CAPÍTULO 2. POR QUÉ ELLOS LAS PREFIEREN RUBIAS

El episodio del probador no fue un suceso aislado, de pequeño en el colegio se burlaban de mis excentricidades y los niños solían señalarme con sus deditos mientras cantaban al unísono: “Norte ha perdido el Norte, Norte ha perdido el Norte”. Tras muchas deliberaciones, llegué a la conclusión de que no podía volver a comportarme como un loco sino como un loco racional.

 

Un día mientras paseaba por la calle me topé con una pareja de enamorados, tendrían unos 16 ó 17 años, él era un chico alto y fuerte con una bolsa de deporte a la espalda, ella era alta, rubia y delgada. A decir verdad, la chica era realmente guapa y atractiva con su figura esbelta. La fortuna o el destino o vete tú a saber qué, quiso que coincidiéramos en la sala de espera de un semáforo en rojo.

 

Y entonces la chica decidió abrir la boca y hacer una pregunta crucial en toda vida de un adolescente, la chica ciega de amor vio un cartelito que rezaba CALLE PELICANO, y preguntó a su amado: “¿pelícano lleva tilde?” Después de más de veinte siglos desarrollando todo un sistema filosófico con autores tan reconocidos como Aristóteles, Kant o Marx, ella ha sido la única persona capaz de pensar y de hacer esa pregunta que durante siglos nadie se ha atrevido a preguntar: “¿pelícano lleva tilde?” Su amado contestó con ese tonito de superioridad intelectual que tiene un mosquito: “Claro que lleva tilde, pe-LÍ-ca-no” el chaval resaltó bien el acento esdrújulo de la palabra para no dejar dudas al respecto.

 

Durante ese instante me quedé petrificado, luego pensé en no decir nada y pasar rápido cuando cambiara el semáforo pero algo dentro de mí me decía que si alguien con 16 años hace esa pregunta con verdadero interés y no de broma, esa persona tendría un grave problema. Y en aquel momento cogí mi teléfono móvil y me lo coloqué en la oreja y solté en alto: “Con esas preguntas que haces sólo vas a ser útil para fregar, cocinar y follar… y con esas manos tan delicadas me cuestiono que seas capaz de atreverte a hacer las dos primeras”. Después mire a la rubia a los ojos con el móvil pegado a la oreja y dije: “Apaga la tele y lee un buen libro”.

 

El semáforo cambió de color y ahora ellos estaban petrificados y yo avancé como si nada. Lo único que espero es que ella no avance como si nada, han herido su orgullo y han cuestionado su manera de vivir sin apenas conocerla. O a lo mejor no, quizá ha oído a su yo interior, y lo que debe hacer ahora es escucharlo, cuestionarse en todo momento si el camino que recorre es el correcto, no importa a donde llegue, lo importante es llegar a un punto en el que uno mismo se sienta orgulloso por la vida que ha llevado llena de mil emociones, colores y llantos. Porque el Norte al fin y al cabo es un polo magnético que nos atrae a todos, sólo es preciso orientarse de la mejor manera posible para alcanzarlo.