lunes, 11 de mayo de 2009

CAPÍTULO 4. MI PRIMER TRABAJO

Un día cualquiera se me acabó el té, y decidí desayunar en el bar de debajo de mi casa. En el bar se refugiaban unos cuantos obreros de una obra cercana y apuraban sus últimos minutos antes de entrar al tajo. Mientras desayunaba en un rincón, se podía escuchar:

─Y cuando llueve, te mojas. No te creas que se para─ decía uno que parecía llevar toda una vida trabajando.
─Bueno, si está cayendo fuerte se para porque se tiene que parar pero si no, te mojas─ respondía su compañero que era mucho más joven.
─Y luego se llevan el dinero los mismos cabrones de siempre, porque no te creas que se cobra bien, eh─ decía el primero.
─Yo creo que al jefe le conviene tenernos contentos, porque si no trabajamos le armamos una de cuidado, y ¿quién va a trabajar si no?- ideaba el joven.
─los moros…─ en este punto de la conversación me puse a pensar en la supervivencia del Ser Humano, la gran búsqueda del pan para sobrevivir. Me acordé de Marx y su revolución.




Así que el día de mi decimoctavo cumpleaños decidí ponerme a trabajar, a ponerme manos a la obra. No sabía por donde empezar así que fabriqué un currículum, me vendí, eso es tarde o temprano todos acabamos vendiéndonos. Pero pensé que sería divertido venderme a los vendedores, y estos me acogieron encantados.

Me aceptaron como vendedor de ofertas telefónicas y eso que yo no era un tío muy sociable. Pero creo que fue mi demostración de falta de escrúpulos y mi libre conciencia lo que encandiló al “jefe”. En mi primer día me llevó de excursión a un barrio de la ciudad y llamábamos a todos los timbres, normalmente los jóvenes de 20 a 50 años no nos dejaban entrar, algunos ni siquiera nos dejaban hablar, la puerta de sus celdas siempre rozaba nuestras narices. Pero eran las personas mayores las que nos abrían sus corazones, y algunos, ante el chaparrón de palabras bonitas que salían de la boca de un hombre muy bien vestido y arreglado, firmaban. Personas que apenas entendían el mando de la tele solían firmar un contrato con una gran oferta al contratar una nueva línea de Internet. El trabajo me convencía y se lo hacía saber con una amplia sonrisa.

─Bien, pues este es el contrato. Haber, haber, todo está bien… vale, firma aquí, Raúl, hijo. ─ me decía mientras me acercaba un bolígrafo.

Y al cabo de dos semanas ya tuve algún problema con el “jefe”:
─oye chico, estoy intentando darte de alta en la seguridad social y me dicen que hay un error en el número del DNI. ─ me gritaba desde su despacho con un tono paternal.
─Y en el nombre─ pensé yo─ Ah pues puede ser, normalmente me suelo equivocar, con tanta cifra, ya sabes. Ahora subo y te lo doy. ─ Le contesté con carita de niño bueno.
─Bueno, sin prisas chico, cuando quieras─ me respondió.

Me encantan estos jefes, racaneando todo lo que pueden.

Pero antes de cumplir un mes ya me despidieron, y eso que empezaba a vender como rosquillas. Al parecer el “jefe” se dio cuenta de que los clientes que yo captaba eran amigos y familiares de él, y eso le enfadó mucho.

─Te crees muy gracioso ¿Verdad? ─ me gritaba en su despacho.
─Pero es que no vendía nada, y me sentía fatal y me dije pues antes de venirme a casa vacío pues…─ decía yo con cara de niño bueno.
─Pues quisiste joderme─
─No, yo pensé que le gustaría, como siempre luce esa sonrisa con cada firma que consigue de las ancianitas. ─
─¿Qué? ─
─Usted regala ofertas y yo regalé sus ofertas a tus más queridos, ¿A quién mejor si no?─
─Te voy a matar hijo de puta─ y se abalanzó sobre mí.

El problema es que yo le tenía muchas ganas y le golpeé en la cabeza con una enorme grapadora, y una vez en el suelo le seguí golpeando y medio inconsciente le dije:
─Lo siento por mis modales, yo sólo he cogido tu pequeño plan y le he dado la vuelta. A que ya no sonríes tanto, pues atento, aquí te dejo un sobre, viene a decir que mientras sigan vigentes esos contratos de telefonía con esas pobres viejecitas, e incluso si sigues portándote mal, yo volveré y esta vez seré yo quién sonría. ─

Con eso me marché, la verdad es que no pensaba hacer nada más con ese hombre. Sé que si dimite, otro ocupará su vacante y todos tenemos que comer. Reconozco que tampoco es bueno enseñar a base de tortas pero por aquel entonces sólo era un grano de arena en un desierto que soñaba con el norte.